martes, 11 de marzo de 2014

Dos

No siempre se está en la cima y cuando lo estás es difícil mantenerse.  Espinoso se siente el pie que apoyado en el vértice de la pirámide evita no tambalearse de un lado a otro. Pero, ¿Para qué está el otro pie si no es para equilibrar y ayudar a mantenerse?


Podemos estar toda una vida tambaleándonos e intentando mantener el equilibrio. La cima pica y pincha el pie, pero cuando no puedas más, tendrás al compañero que se intercambiará por ti. Al fin y al cabo estas son las cosas de dos: apoyar un pie mientras el otro descansa.

miércoles, 8 de enero de 2014

Lo magnífico de una vida

Nunca vamos a dejar de descubrir cosas magníficas. Siempre vamos a encontrar algo tan gratificante que nos hará pensar cómo hemos podido vivir hasta ahora sin eso. En la vida pararemos de comenzar a amar cosas que antes odiábamos. Jamás negaremos algo que nos encante a nosotros y no a quien nos escucha. Constantemente soñaremos con repetir eso que nos hace tan felices. Firmemente valoraremos lo más pequeño que nos hace más grandes y de ningún modo debemos desperdiciar un momento contento por otro forzado. 

miércoles, 10 de julio de 2013

La teoría del agradecimiento

Siempre hay que dar las gracias. No por aquello de “es de bien nacidos ser agradecidos” pero sí por la parte de “hoy somos lo que somos por todo lo que nos haya ocurrido en el pasado”. Esta última frase no sé si existe realmente o es mía. Pero sí, creo en esta forma de vida de escoger continuamente caminos que de no haberlo hecho ahora estaríamos en otro lugar o seríamos otra persona completamente diferente.

No tiene nada que ver con la creencia del destino o de “todo está escrito”. Es una hipótesis que yo he bautizado como “La teoría del agradecimiento”. Soy de los que piensan que todo influye en nuestra vida, en nuestro día a día. Desde las zapatillas que escogemos para calzarnos por mañana hasta el camino por el que decidimos ir ese día o con quien nos paramos a hablar y con quien no. Pequeñas o grandes acciones que hacen que nuestra vida cambie en solo un segundo.

Por esta razón he empezado mi relato diciendo que siempre hay que dar las gracias. Unas gracias generales, no personificadas. Tampoco un agradecimiento por un hecho en concreto, simplemente algo universal. Hay que reconocer por todo lo que hemos pasado en nuestras cortas o largas vidas. Todo no es bueno, obviamente, pero si no hubiéramos pasado por situaciones indeseables o poco gratificantes tampoco estaríamos aquí ahora ¿No?


Por eso lo digo. Actualmente me encuentro en un momento que definiría como despampanante o de suerte y es gracias a todo mi pasado, bueno y malo. A todos los que algún día me hicisteis daño: gracias. A todos los que algún día me fallasteis: gracias. A todos los que un día me hicisteis feliz: gracias. A todos los que me esquiváis por la calle para no saludarme: gracias. A todos los que me deseáis lo mejor: gracias. Y así un largo infinito de agradecimientos a mi pasado simple, perfecto, compuesto, imperfecto... Seguramente algún día futuro también dé las gracias a este resfriado que ha hecho que hoy no pueda dormir la siesta y me siente frente al ordenador a escribir todo lo que se me pasa por la cabeza, gracias.

miércoles, 12 de junio de 2013

Cuando pagan justos por injustos

Siempre hacemos pagar los actos de otros a los mismos. La gente más cercana, a la que más queremos. Es una especie de justicia que dictaminamos de nuestras leyes interiores. Una venganza generalizada que se aplica al 100% de la población, nadie se queda fuera de la criba.

Hay personas que llegan a hacerte mucho daño. Un daño que, intencionadamente o sin intención alguna, se transforma en una traición. Da igual lo que sea. La parte de nuestro cerebro que se ocupa del rencor se enciende rápidamente y toma precauciones. Estas prevenciones que nosotros vamos a utilizar no solo se dirigen a esas personas que han provocado toda esta incómoda situación sino a todo el que se cruce por tu camino. De aquí parte la desconfianza generalizada, la soledad sentimental o el sentirse la persona más tonta del mundo.

No hay que sentirse inútil o cualquier otro descalificativo que nosotros mismos nos atribuimos. Esto nos pasa a todos. Todos nos sentimos engañados y traicionados en algún momento. Puede ser el detalle más mínimo o el mínimo motivo para causar un enfado pero a nosotros nos viene tan grande e inesperado que nos sentimos defraudados.


Puede ser buena esta coraza de aplicar el castigo a todo el mundo para que no vuelva a pasar, pero las leyes de la vida dicen que el tiempo quita ese dolor y, quien sabe, incluso se llega a perdonar. Ahora, que ya conoceréis el refrán de “el hombre es el único animal que tropieza dos veces contra la misma piedra”. Avisados quedáis.

martes, 28 de mayo de 2013

Desgaste emocional

No todo lo que sentimos o pensamos nos gusta. Hay sensaciones que no sabríamos donde posicionar, si en la mente o en el corazón. Las primeras, comentan, suelen ser más frívolas y frías. Sin embargo las segundas, son las pasionales y las conocidas.

Llegado el momento todos nos hemos sentido raros al pensar algo que no queremos. Sí, es raro de explicar pero seguro que os ha pasado. Hay emociones y sentimientos interiores que no queremos exteriorizar porque son contrarias a lo que hacemos, queremos sentir o a los dogmas sociales. Esto suele pasar cuando el sentimiento de nuestra mente no se corresponde con el del corazón o viceversa. Esta contrariedad es habitual con ciertos sentimientos que terminan desgastándose. Son emociones que la sociedad nos obliga a guardar y si te desvías un poco más de lo común llegas a sentirte raro o, incluso, llegas a creer que lo estás haciendo mal.


Casi todo en esta vida se desgasta, incluso las emociones. No hay que sentirse fuera de lugar por pensar algo diferente a las reglas de la vida. Seguro que no te pasa solo a ti. Todos lo ocultamos porque no suelen ser sentimientos de los que nos sentimos orgullosos o  fáciles de promulgar. Solo siéntelo y asúmelo, todos sufrimos desgastes emocionales.

sábado, 18 de mayo de 2013

No del todo





(Canción de fondo)

No era el agua cristalina que todos desean de una playa, pero era azul. No permitía sumergir el cuerpo más arriba de la cintura, la sensación de frío se clavaba en la piel.

El amanecer llegaba y cada vez había más luz. No me gustaba la sensación de las algas enredadas en mis pies pero no podía más que estar inmóvil. Quería introducir mis manos en el mar, frotarlas y dejar que se fueran las manchas de lo terrible. Lo hice.

El rojo se iba volviendo transparente en el agua. Ya había deshecho de mi cuerpo la marca, el dolor y la tentación.

No había nadie más en aquella playa. Solo estábamos su cuerpo y yo. Nadie se había percatado de lo que ocurrió, nadie sabría jamás lo que ocurrió. Solo puedo decir que no me arrepiento, no del todo.

Otra mancha roja caía en el agua, esta vez era mía.

Caí.

viernes, 29 de marzo de 2013

Y el deseo llegó


Para ella se había convertido en una gran obsesión.

Fueron dieciocho meses intentándolo sin resultado alguno. “No puedo más, me rindo”, dijo ella una de las veces. “No seas tonta, lo bueno se hace esperar. Lo conseguiremos”, la tranquilizó él.

La desesperación se convirtió en frustración y la frustración en discusiones diarias. Ella se había vuelto exigente y agresiva. Él simplemente obedecía, no quería contradecirla.

Una noche él, agobiado por su situación laboral, llegó a casa con cierto mal humor. Ella, que no pasaba por su mejor día, tenía ganas de buscar una discusión por la que sentirse vencedora ante la pasividad de su pareja. Siempre lo hacía, le encantaba saber que al menos en eso ganaría, en eso sí conseguía lo que quería. Pero esta vez era diferente, él no quiso ser más el pisoteado.

Una hora, solo sesenta minutos de agresiva discusión bastaron para que el joven se rindiera ante esos gritos y, sin quererlo ni controlarlo, le diera una pequeña bofetada a su compañera. Era la única vez que lo había hecho. A ella no le dolió, a él sí. “Me has pegado. Vete de casa, hemos terminado”. Las voces se convirtieron en silencio.

Él volvió a su pasividad habitual, aunque en su interior seguía cierta agresividad, la mínima para no dejarle pedir perdón. Abrió su coche y se fue. Eran las diez de la noche.

Unas horas después llamaron a la puerta. Ella, sola en casa, fue a abrir. Era la policía y no traía buenas noticias. “Su marido ha tenido un accidente con su vehículo y ha perdido la vida”. No pudieron consolarla. Lloraba como nunca antes lo había hecho. Arrepentimiento y dolor.

Un par de semanas no bastaron para que la chica se consolase. Era aún pronto y no podía asimilar todo lo que había ocurrido.

Después de unas molestias desconocidas, ella decidió ir al médico. Era un dolor extraño. “Tal vez lo que necesitas es un psicólogo”, le aconsejó su madre. Pero ella sabía que era un dolor físico, real, corporal. La visita no se hizo esperar.

El médico entró con los resultados en la mano. Sonreía. Ella empezó a llorar, intuía lo que podría estar ocurriendo. “No, ahora no”, pensó desde el principio.

“Estás embarazada de ocho semanas”

Por fin lo habían conseguido. Por fin, ella lo había conseguido.